Se cumple el cuarto aniversario de la invasión a Ucrania por parte de Rusia, la cual lleva 1.8 millones de soldados muertos.
Cuatro años de guerra se cumplen desde que Vladimir Putin ordenó la invasión a Ucrania el 24 de febrero de 2022. Lo que iba a ser una operación relámpago para tomar Kiev se transformó en un conflicto prolongado y devastador que cambió la geopolítica mundial.
Putin creía que bastarían pocos días para someter al gobierno ucraniano (catalogado por el Kremlin como nazi y rusófobo) pero la resistencia convirtió la ofensiva en una guerra de desgaste. En el frente oriental, los avances se miden en kilómetros y los bombardeos se volvieron rutina diaria.
Este conflicto se ha convertido en un laboratorio bélico donde Rusia prueba su poder tecnológico. Los drones y misiles hipersónicos, capaces de eludir defensas, se volvieron protagonistas en un escenario cada vez más letal y sofisticado.
A nivel global, la invasión dividió al mundo en dos bloques: Occidente, con Europa, Reino Unido, Japón y Corea del Sur apoyando a Ucrania; y las autocracias, encabezadas por China, Corea del Norte e Irán, respaldando a Rusia; si bien China ha declarado mantenerse neutral y manifestó no haber suministrado armamento a los rusos. Estados Unidos, aunque antes aliado clave de Kiev, ha reducido su participación directa.
Cifras que asustan
Las consecuencias humanas son catastróficas: más de 17.000 civiles muertos —incluidos 800 niños— y 6 millones de desplazados, según la Organización de las Naciones Unidas. Casi 2,6 millones de menores fueron separados de sus familias, muchos llevados a centros de reeducación rusos.
En el frente militar, las estimaciones superan 1,8 millones de soldados muertos, lo que convierte a este conflicto en el más sangriento en Europa desde la Segunda Guerra Mundial.
Ucrania está en ruinas. Carreteras, escuelas, viviendas y redes eléctricas han sido destruidas. El Banco Mundial calcula en 588.000 millones de dólares el costo de reconstrucción.
A cuatro años del inicio, cuatro años de guerra resumen el sufrimiento de un país que aún resiste y de un continente que revive los fantasmas del pasado.






